martes, 8 de abril de 2014

Tú por las mañanas



Eres el suspiro
que se despierta tímido
a las ocho de la mañana
de un día cualquiera.
Eres una mejilla
que entre vuelta y vuelta
se pega a la sábana,
como el vaho a la ventana
de una habitación friolera.


Eres la manta por el suelo
y esa mano fría como el hielo
que de forma traicionera
introduces por mi espalda.
Eres mi mordisco en tu cuello
y ese fracasado intento
de hacer ver que te cabreas
mientras saboreo mi venganza.


Eres el café que nos espera
hirviendo sobre el fuego
cuando libramos nuestra guerra
con cojines como armas.
Eres el despertador que suena
más de lo que recuerdo
mientras nos robamos algún beso
entre bostezos y legañas.


Eres el puñado de cereales
de aquella marca que te gusta
junto a una tostada
untada a medias.
Eres los dibujos
de la camiseta del pijama
que te escondo bajo la almohada
mientras tú te tapas y me pegas.


Eres el sonido
del agua cayendo,
de la lluvia en nuestros cuerpos,
de nuestros cuerpos en la ducha.
Eres mis manos
despeinando tu pelo,
y ese "me encantas" que te chillo
desde la otra punta del pasillo
cuando nadie más me escucha.


Eres dos abrigos en la silla
y dos pares de zapatos
que cansados de esperarnos
se han dormido tras la puerta.
Eres esa falsa prisa
de dos tontos algo enamorados
que después de hacer la cama
se desnudan y se acuestan.


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Ilustración: Café hirviendo, La Mairei, www.maireiportfoli.blogspot.com 

lunes, 3 de febrero de 2014

Despedidas



Él quisiera haber estado ahí, frente a ti, perdiéndose en tu mirada una vez más y dejándose llevar por el deseo casi instintivo de rozar tu mejilla con sus nudillos. Quisiera haberte quitado la maleta de las manos con una broma tonta, y haber caminado de un lado a otro contigo en busca del maldito mostrador de facturación. Quisiera haberte visto fruncir el ceño y dibujar esa pequeña mueca irónica y cariñosa capaz de colarse por cualquier hueco entre una maraña de emociones desordenadas.

Él quisiera haberse sentado a tu lado frente a un monitor a la espera de noticias sobre tu vuelo, y haber sentido tu cabeza sobre su hombro y tu  melena rubia deslizándose suavemente sobre su brazo. Quisiera haber vuelto a inspirar profundamente el olor de tu pelo sin que te dieras cuenta y haber jugado a enredarse entre tus dedos casi como un adolescente. Quisiera haberte notado nerviosa por el movimiento permanente de tus piernas o por pillarte llevándote una uña a la boca, y quisiera haberte apretado entonces la mano con intensidad para decirte que él está contigo, que quiere estar contigo.

Él quisiera haberte contado un par de tonterías que te hicieran olvidar por un momento que precisamente, era tan solo un momento lo que os quedaba antes de que te alejaras hacia la puerta de embarque. Quisiera haberte acariciado el cuello, reteniendo una pizca de la calidez de tu piel blanquecina y de tu olor dulce a perfume. Quisiera haberte susurrado que le encantas, pero que es un secreto que no puedes contar a nadie. Quisiera haberte agarrado por la barbilla y haber levantado tiernamente tu cabeza hasta toparse con tus ojos, y haberse estrellado contra tu mirada como se estrella la lluvia contra un cristal empañado. Quisiera haberse quedado así horas y horas; haber dado al botón del pause y haber eternizado justo ese momento en que no hay palabra más necesaria que el silencio ni cosa más innecesaria que una palabra.

Él quisiera haber oído junto a ti el anuncio de tu vuelo por megafonía y haberse fundido contigo en el ardor de aquellos abrazos capaces de deshacer la impotencia y la rabia como si fueran cubitos de hielo. Quisiera haberte empujado hacia su pecho y haber obligado a vuestras bombas rojas a coordinar sus latidos para evitar una explosión. Quisiera haberte besado intensamente como si en unos segundos todo fuera a acabarse, y haber notado por última vez tus labios apretados contra los suyos esperando a que el telón bajara y los focos se apagaran. Quisiera haberte observado arrastrando tu equipaje de mano más allá del control de seguridad, y haber leído en tus labios, ya en la distancia, una de aquellas últimas frases de despedida que erizan el vello hasta doler. Quisiera haber visto desdibujarse tu silueta y poner como excusa la lejanía, mientras sus ojos se entelaran hasta tener que parpadear como un estúpido para poder vislumbrar lo último que quedara de ti tras las cristaleras.

Él quisiera haberse dado entonces la vuelta hacia la puerta de salida preguntándose si estaría dejando de actuar por una razón para empezar a actuar por una persona. Y sin saber responderse, quisiera haber salido de allí con una de aquellas sonrisas que solo un tipo de sentimiento es capaz de provocar. Una de aquellas sonrisas que solo aparece en ocasiones, cuando hay alguien por quien debe aparecer… 


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Imagen: Comiat, de La Mairei, www.maireiportfoli.blogspot.com

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Soy quien no soy


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El año pasado, los compañeros de Onda Dura Revolution abrieron su nueva temporada radiofónica con un poema de mi autoría. "Soy quien no soy" es el título del trabajo. Aquí os dejo el archivo de audio.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

La mirada de Sirttan Van Veen


Sirttan Van Veen siempre ha lucido la misma mirada, capaz de perderse en la profundidad de lo más insignificante y de, no obstante, contemplar con total normalidad acontecimientos que sorprenderían a cualquier otro. A Sirttan Van Veen no le atemoriza la muerte, porque la muerte no forma parte de su vida. No le aterra el vacío porque a nadie le aterra su hábitat natural. No le inflige una amenaza,  porque no hay mayor amenaza que ser él mismo.

Sirttan Van Veen no cierra los ojos ante el peligro.

No es un hombre valiente, pero en el largo recorrido que representa una vida centenaria encerrada en el cuerpo de un joven que no supera la treintena, Sirttan Van Veen ha experimentado con conciencia e intensidad las situaciones más desgraciadas. Las desventuras fueron inventadas para los mortales, para aquéllos que un día se van y cuyos recuerdos se esfuman. Pero no para personas como Sirttan Van Veen, personas que tienen la obligación de vivir pese a todo.

El gris de sus ojos es la perfecta definición de su enigmática forma de observar lo que sucede ante él; es el desprendimiento de una luz tenue a la vez que cautivadora.

Un viajante que por casualidad compartió algún cigarrillo con él durante una travesía, definió la mirada de Sirttan Van Veen en su libro “El efímero destello” de la siguiente forma:


“Es una mirada cansada que parece vigilar más allá de lo que los demás somos capaces de advertir como potencialmente peligroso. Es una mirada capaz de incrustarse por entre las cicatrices que la aguja de un reloj deja sobre el tiempo y retroceder años y años en apenas una fracción de segundo. Es una mirada que se divide en mil que te rodean, a veces cálidas, a veces gélidas. Son mil miradas que se funden en una sola que te penetra limpiamente hasta profundidades desconocidas.”


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Imagen: MiradaMireia Serra Poch "La Mairei", maireiportfoli.blogspot.com.

domingo, 20 de octubre de 2013

La caminante

video




Caminabas hacia la puerta

con tu rostro desencajado

y con una lágrima jugando

a ser valiente

y descendiendo perfil abajo.




Caminabas,

pero no creías estar avanzando,

y aunque tus piernas

se movieran,

tu conciencia vivía quieta,

perdida en el recuerdo

de la sangre en el suelo,

del dolor de un puñetazo.




Caminabas con paso dubitativo,

y las sonrisas y miradas

de aquellas fotos de pasillo

se clavaban en tu espalda

como punzones en un corcho.

Y como cuchillo rascando un plato

chirriaban en tus oídos

sus insultos desde el baño,

pero tú no te parabas

y seguías caminando.




Y en tu camino llovía miedo,

pero llevabas botas por si a caso,

y aun si ese miedo te empapara,

pisada a pisada definías tu futuro,

y tu corazón se hacía duro

y te alejabas del pasado,

porque sus gritos venían desde atrás,

un “atrás” que a esa distancia

ya no te alcanzaba con sus manos.




Caminabas,

pero más que caminar

parecías estar planeando,

y de repente el viento

estaba a tu favor

y todo alrededor

pasaba a echarte una mano.

Y quizás esas miradas y sonrisas

en los marcos del pasillo

seguían tras tu espalda acechando

pero algo en tu interior decía:

“¡Camina mujer,

camina hasta el paño,

abre la puerta

y cuando salgas

cierra de un portazo!

¡Y no te despidas!

¡Y no te pares!

¡Por favor, sigue,

sigue caminando!



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Imagen: Foscor, de Eduard Huet Huet





jueves, 19 de septiembre de 2013

Abrazos



Nos separa una mirada,
esa mirada que lanzas
hacia abajo
y cae al suelo
pesada y arañando.
Y en el suelo una maleta
separa nuestros pasos,
y yo quiero abrazarte,
pero en una estación
el “cerca” siempre es lejano,
y aunque yo te imagino
frente a mí
empapada bajo la lluvia
en la noche de un sábado,
tú estás en tu estación
con tu mirada gacha
y tu maleta esperando.

Y yo no hago más
que querer sentir
tu cabeza en mi pecho,
tus manos en mi espalda
y tu espalda entre mis manos.
Pero aunque estamos de pie
en el mismo suelo,
tú comes del invierno
cuando yo bebo del verano,
y tu estación es la que llueve
y yo, en mi noche de sábado,
salgo del portal solo
y solo camino hacia la lluvia
y solo acabo empapado,
asumiendo que
no te mojarás conmigo
y enfriando el deseo

de envolverte en un abrazo.



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Imagen: L'abraçada, de Artur Clua Sarró

lunes, 12 de agosto de 2013

En mis sueños



“Es primera hora de la mañana, y yo me acabo de despertar, aunque no en mi cama. Tengo la sensación de que hay algo nuevo, algo que no suele haber todas las mañanas y que, aunque me causa cierta incertidumbre y nerviosismo, me hace sentir tremendamente feliz. Por dentro soy un volcán que desea estallar en gritos y canturreos, pero sé que no debo porque no todos los ojos están abiertos a estas horas…

Hoy no he dormido en mi habitación, y me dirijo a ella de manera casi instintiva, avanzando ligeramente, sin hacer el menor ruido. El balcón parece una boca abierta de par en par y el Sol entra hasta el pasillo, que queda iluminado como si paredes y techo estuvieran cubiertos de halógenos en su totalidad. Yo me pregunto por qué no me he despertado en mi cama. “¿Me dormiría en el sofá ayer?” Pero no, no puede ser, porque mi camino hacia mi habitación no ha empezado desde el sofá… Claro, que… ¿dónde ha empezado? “Veamos, me he despertado y he sabido que debía ir hacia mi habitación, así que me he levantado y me he puesto a caminar. Pero… ¿Desde dónde?!” No hay respuesta a mis dudas porque no hay dudas que responder, sólo partes de la historia que no existen porque, aunque yo no tenga ni idea, estoy dentro de un sueño.

Por fin llego a mi destino pero la puerta se encuentra cerrada. Mi intuición me dice que en este momento debo de ser sigiloso, casi camaleónico con el silencio, así que me concentro y poso mi mano izquierda sobre el pomo para girarlo lentamente evitando que chirríe. Lo consigo. No puedo verme la cara, pero estoy seguro de que una pequeña mueca de satisfacción acaba de nacer de mi boca y mis mofletes. Todo es oscuro cuando abro, y mis pupilas, que se habían acostumbrado a la resplandeciente luz madrugadora, se golpean con la nada, con la inmensa nada oscura y tenebrosa hasta que mi mano derecha, dando palos de ciego sobre la pared, consigue apretar el interruptor, y de repente todo queda iluminado. No es la misma luz de antes, pero se convierte en una luz especial; una luz que me da una pista crucial para adivinar por qué mi subconsciente me ha llevado hasta ese punto.

Y ahí estás tú. Aun no te he visto, pero sorprendentemente sé que eres ese pequeño bulto revuelto bajo las sábanas, al igual que sé que ese olor a pijama de dibujitos o esos calcetines a rayas también te pertenecen. Sé que si levanto esas sábanas te encontraré ahí, hecha un ovillo, con alguna inocente legaña en la comisura de tus párpados y con los labios ligeramente separados.

Pienso que, llegados a tal punto, no puedo quedarme parado dándole trabajo a la imaginación. No consigo adivinar la razón, o el nexo exacto entre el saber que estás ahí y mi felicidad, y ello me empuja a seguir, a acercarme a ese cuerpecito cubierto del que oigo la frágil respiración sonando como un hilillo musical fino y casi subliminal.

Y antes de que los relojes se den cuenta, ya estoy a medio metro de la cama. Ahora no solo noto tu respiración, sino que la veo. Tu cuerpo se infla y desinfla ligeramente, y las sábanas se alzan y descienden de forma sutil al son del jugueteo entre la inspiración y la expiración. Aun no sabes que estoy ahí, ante ti, a apenas un par de suspiros, a tan solo un par de palabras. Pero sí, tú has venido a introducirte en mi vida, en mi habitación (y aunque aun no lo sepa, en mi sueño), y yo tengo derecho a estar justo ahí observando, si quisiera, eternamente.
Por fin me siento en la cama, y como si fuera un niño, alzo curioso la sábana por la parte de arriba. Tu cabellera rubia se asoma, y me fijo en las formas vertiginosas en que los mechones despeinados caen de tu cabeza al colchón. Acaricio ese pelo atolondrado lentamente, jugando a meter los dedos por los enredos como si tuviera el poder de deshacer algo tan complicado… Y por fin escucho un pequeño ronroneo. El hilo musical de tu respiración se convierte en un infantil bostezo, e inclinas tu cabeza para que tus ojos, aun medio cerrados, se crucen con los míos.

-Buenos días...-me dices con una sonrisa adormilada-.
-Buenos días… -te sonrío yo también-.

Entonces sacas tu mano izquierda de entre las sábanas, me coges de la mano que cinco segundos antes paseaba con atrevimiento por tu cabecita rubia y vuelves a esconder tus ojos en la oscuridad. Y ese, justo ese es el momento en que concluyo que me dan igual la incertidumbre, los nervios, las lagunas, o las dudas sobre el tiempo transcurrido o el nexo entre nosotros dos.

Porque son tu mano y la mia juntas, y eso en mi sueño es suficiente.”



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Imagen: Soñando, de Marco Ortolan