domingo, 20 de octubre de 2013

La caminante

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Caminabas hacia la puerta

con tu rostro desencajado

y con una lágrima jugando

a ser valiente

y descendiendo perfil abajo.




Caminabas,

pero no creías estar avanzando,

y aunque tus piernas

se movieran,

tu conciencia vivía quieta,

perdida en el recuerdo

de la sangre en el suelo,

del dolor de un puñetazo.




Caminabas con paso dubitativo,

y las sonrisas y miradas

de aquellas fotos de pasillo

se clavaban en tu espalda

como punzones en un corcho.

Y como cuchillo rascando un plato

chirriaban en tus oídos

sus insultos desde el baño,

pero tú no te parabas

y seguías caminando.




Y en tu camino llovía miedo,

pero llevabas botas por si a caso,

y aun si ese miedo te empapara,

pisada a pisada definías tu futuro,

y tu corazón se hacía duro

y te alejabas del pasado,

porque sus gritos venían desde atrás,

un “atrás” que a esa distancia

ya no te alcanzaba con sus manos.




Caminabas,

pero más que caminar

parecías estar planeando,

y de repente el viento

estaba a tu favor

y todo alrededor

pasaba a echarte una mano.

Y quizás esas miradas y sonrisas

en los marcos del pasillo

seguían tras tu espalda acechando

pero algo en tu interior decía:

“¡Camina mujer,

camina hasta el paño,

abre la puerta

y cuando salgas

cierra de un portazo!

¡Y no te despidas!

¡Y no te pares!

¡Por favor, sigue,

sigue caminando!



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Imagen: Foscor, de Eduard Huet Huet