sábado, 12 de mayo de 2012

Excusas

Capítulo 2


ÉL:

Como el lector habrá advertido, quedé algo perplejo ante tal respuesta a la ayuda ofrecida. En un primer momento pensé que no podía reprochársele nada: aun altaneras, sus palabras seguían siendo de agradecimiento, lo que impedía una posible réplica que deviniera triunfante. Sin embargo, el ánimo vengativo me cegó más que a ella su propia incapacidad. Deseé verla hacer el mayor ridículo de su vida.

Y para la consecución de tal fin, me sentí obligado a no perderla de vista, como si mis ojos fuesen a dibujar un sendero letal para aquella mujer. En realidad no servía de nada aquello que estaba haciendo, pero necesitaba hacerlo. Entonces pensé que ofrecerme voluntarioso sería una buena tapadera con que poder hacer de su viaje un duro camino. 

Llegué frente a la máquina expendedora de billetes, y la alimenté con unas cuantas monedas para conseguir el despacho de un billete de ida. Cuando ya hube acabado con mi empresa, percibí en mi zapato derecho un pequeño toque, involuntario, de un bastón. Me aparté hacia un lado para dejar que la mujer sacara su billete mientras yo colocaba el cambio recibido en mi monedero, y mi monedero en el bolsillo. Fue en ese instante cuando una bombilla iluminó el mundo de mis ideas. Lancé un vistazo hacia su posición, y observé que la mujer se aclaraba poco con la máquina. O mejor podría decirse que ni tan sólo atinaba a pulsar con acierto las teclas. Así que me acerqué a ella mostrando un respeto tan falso como sus anteriores palabras de agradecimiento y le pregunté.

-          Perdone señora: ¿A qué estación se dirige?

Se produjo un incómodo silencio de un par de segundos, hasta que la mujer respondió:

-          Hacia Plaza Cataluña. Pero no hace falta que…

No le permití acabar. Ella ya había introducido un billete de cinco euros en la máquina, de manera que me apresuré a apretar los botones correspondientes para adquirir un billete para ancianos (por supuesto más barato para un anciano, pero por el cual ella probablemente tendría que cargar con una multa algo más elevada que el precio de un tique ordinario). La máquina expendió el billete y el cambio. Le di el billete, y en cuanto al cambio, la situación me obligó a alterarlo, quedándome yo con la diferencia que suponía adquirir un pase de la tercera edad respecto a la que debiera ser la adquisición de un tique normal, y dándole a ella el resto. Juro que, por mucho que a un penalista pudiera parecerle extraño, la desviación patrimonial no constituyó tipo delictivo alguno, sino una consecuencia insuperable de querer ayudar a una mujer a ser mejor persona. Tan sólo era realizar un mal menor para, en este caso, corregir un mal mayor.

-          Aquí tiene señora. –dije de forma airosa-

-          Gracias.

Finalmente, recé para que ese día un revisor cumpliera con su labor.

ELLA:

Y después de aquella magnífica muestra de bondad, llegó la muestra de auténtica ignorancia.

Me situé detrás de él y esperé a que terminara. Cuando percibí que se apartaba a un lado y que no se iba, ya me empecé a preocupar. “¿Este tío es tontito o necesita un amigo?”, pensé. Me puse algo nerviosa y, al hacer bastante tiempo que no hacía uso del servicio ferroviario, olvidé dónde quedaba situado el botón del billete para Plaza Cataluña, así que procedí a buscarlo. Empecé por los botones de más arriba, descendiendo fila por fila. De repente, de nuevo sentí la empalagosa presencia de la cansinez absoluta.

-          Perdone señora, ¿a qué estación se dirige?

-          Hacia Plaza Cataluña. Pero no hace falta que… - Y entonces noté cómo el joven ya se había puesto manos a la obra sin dejarme acabar la frase. Yo sólo quería decirle que aquellos puntitos que los botones tenían probablemente bajo el nombre de cada estación no estaban ahí de adorno, sino que correspondían al alfabeto braille, cuyos signos aprendí a leer con diez años.  Y en aquel momento fue cuando me di cuenta finalmente de que, o bien el pobre chico empezaba a quedarse también ciego, o era realmente un ignorante.



-          Aquí tiene señora. –me dijo mientras ponía el billete y el cambio en mi mano derecha-

-          Gracias.



Comprobé que el cambio fuera correcto.

Después deseé que el muchacho entrara en un vagón distinto al mío.

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