miércoles, 18 de noviembre de 2009

Historia de una prostituta 2



¡Bueno, ya estamos aquí!, dijo ella en voz alta dejando la puerta del piso cerrada tras de sí. Su gran hogar se repartía de la siguiente manera: una vez se entraba al inmueble podía observarse justo delante de la puerta el pequeño lavabo compuesto por una ducha (obviamente, sin bañera), un inodoro, y un grifo de interiores podridos que, según el fontanero que la había asistido para resolver ciertos problemas con las cañerías, debía cambiarse de inmediato. Dando un giro al cuerpo de noventa grados hacia la izquierda se representaba la cocina-comedor, o comedor-cocina, que disponía de un par de fogones situados junto a una placa de mármol que hacía las veces de lugar de trabajo culinario. Alzando la vista sobre dichos elementos se advertía la existencia de un más que viejo objeto flotante, una especie de cajón que en su origen debió ser blanco pero que había quedado ennegrecido casi en su totalidad, y que acogía un par de vasos, platos y algún que otro cubierto. Si algún día traigo invitados, pensaba irónicamente, les sacaré mi cubertería de plata. Un sofá de dos plazas y una Sony Black Trinitron con quince años de antigüedad que había adquirido como legataria de un viejo borracho que se encaprichó de ella cuando contaba veintiuna primaveras terminaban de completar aquella habitación. El dormitorio quedaba separado por una puerta corrediza. En realidad, era el único lugar del piso que, de verlo por separado, daría la impresión de, al menos, no salir de una jaula como aquella: la cama quedaba situada con el cabezal colocado contra la pared. Ésta medía un metro con cinco centímetros de ancho por un metro con noventa de largo, por lo que a ella, que tan sólo contaba con un metro sesenta centímetros y cuarenta y ocho quilos de peso en su haber, le sobraba cama por todos lados. Las paredes estaban pintadas de un color azul cielo que ella misma había conseguido después de una hora realizando mezclas de pintura hacía ya mucho tiempo. No es que el azul le gustara, pero pensó que teniendo en cuenta las pobres vistas y la poca luz que ofrecían sus ventanas lo más conveniente era dar un toque vivo a su alrededor. Habían otros colores que hubiese podido escoger, pero su vida profesional estaba tan atada a elementos provocativos que no era su deseo que su hogar deviniera el reflejo de su trabajo. Más bien, buscaba todo lo contrario. Con el azul me basta, se dijo como método de autoconvencimiento por aquellos tiempos.

Dentro del pequeño armario de dos puertas más cajonera: camisones, tres pantalones vaqueros, tres camisetas e infinidad de minifaldas y tops de escotes más que generosos: vertiginosos en realidad –es lo que tiene el paso del tiempo, se decía ella, una va acumulando ropa…-
Sobre la mesita de noche: una lamparita móvil especial para lectura, y un libro.
Libro: Risa en la oscuridad (regalo de Martín, librero cincuentón y cliente habitual de los viernes por la noche). Ella es más puta que yo, pensaba.
Dentro de la mesita de noche: ropa interior y preservativos. Y algún que otro test de embarazo. Y un consolador de uso propio (consolador: dícese del elemento alargado que, haciendo las veces de pene, ella se introducía varias noches y por diversas vías mientras se obligaba a olvidar con la explosión final cualquier roce prepuglandiseminal acaecido durante la jornada de trabajo).








Se sentó en el sofá biplaza, y se sacó los zapatos. Luego echó mano al bolso y buscó con los dedos el monedero. Dos franceses y un completo equivalían a sesenta euros, lo que se traducía en veinte euros para comida, veinticinco de ahorro para el alquiler, luz y agua, y cinco para tabaco. No corrían buenos tiempos en ninguna parte, y en ese “ninguna” también se incluía, por supuesto, la prostitución. Aunque en realidad, y pese a esa rebaja salarial, prefería la situación actual que aquella que tuvo que vivir de más joven. Por aquella época puberina en que el cuerpo femenino se transforma en el manjar de los babosos y el estado psicológico pasa a un, por lo menos, cuarto plano (la niña como hembra copulable, la copulación con la niña, la preocupación por que todo quede silenciado, y quizás después… ¿a quién me he follado? Era una niña), ella consiguió una considerable base económica sumergida que debió guardar tras varias baldosas (típica escena de película de trapicheos) forzadas intencionadamente en una habitación de alquiler, cuya arrendadora, la señora Carme, viejecita de setenta años (y ahora nonagenaria) se pensaba que ella estudiaba Magisterio. Cuando cumplió dieciocho años, dejó las baldosas y se pasó a la tarjeta de crédito. Rebasada esa línea delimitadora por la cual un día eres pequeño, y de repente al día siguiente ya eres grande (sin tener en cuenta otros puntos de considerable relevancia, como la vida misma de cada uno), incluso pudo pasársele por la cabeza –por qué negarlo- adquirir un inmueble (o quizás mejor, un mueble inmóvil) de dos habitaciones: una cocina-comedor y un dormitorio-lavabo (ilusión desquebrajada con la aparición de cierto personaje de apariencia caballerosa de aliento a promesa y de venas fusiladas heroic[n]amente). Sin embargo, también por esa misma época en que el capital era notable, una cría que aun no tenía los veinte años debía de satisfacer con buena cara a sujetos de hombría morbosa con más de medio siglo a sus espaldas (y a sus entrepiernas); hombres que accedían a tener relaciones sexuales con ella cuando después de la típica pregunta “¿Qué edad tienes?” ella les mentía respondiendo con voz inocente y carita de pena “ dieciséis recién cumplidos” –sabía lo que les gustaba a los hombres follarse a una menor poco rodada, y lo sabía porque con quince años no le había sido necesario mentir-; hombres cuyos hijos e hijas eran posiblemente mayores que ella; animales que en alguna ocasión se aprovecharon de su inmadurez física para obligarla a ciertas cosas que ahora mismo, y pese a todo, les era más difícil –aunque a veces aun hoy debía ceder por miedo a represalias mayores-. Así que, pensaba ella, prefiero quedarme como estoy.

2 comentarios:

  1. Increíble la capacidad descriptiva de tu relato y tu forma de ahondar en el personaje y en las situaciones que, tanto la protagonista del relato, como las mujeres reales que se ven abocadas a esta penosa situación viven. Estupendo, me quedo a la espera de su continuación. Un besote fuerte.

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  2. Una casa bastante sórdida con lo imprescindible: yo paso también de bañera y, por otra parte, de cenicero.

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